Si de amores a primera vista se trata, Praga es la candidata perfecta. Esta ciudad de ensueños, de cuentos de hadas e innegable clasicismo, es un destino perfecto de fin de semana: en sólo dos días podrás conocer las principales atracciones de la ciudad.

Atravesando el río Moldava se emplaza uno de los puentes más hermosos de Europa: el Puente Carlos. Encargado por el emperador Carlos IV en 1357, fue terminado en 1400 y es la ruta más atractiva desde Staré Mesto (“ciudad vieja”) al Castillo de Praga. Si bien es la mayor fortaleza del mundo, podrás recorrerla rápidamente, desde la catedral gótica de San Vito y el callejón del Oro hasta los jardines.

En Malá Strana (“barrio pequeño”) encontrarás una de las mejores postales de la ciudad. Los serpenteantes callejones del barrio, con antiguas farolas y restaurantes escondidos, te llevarán al Museo Franz Kafka y al asombroso Jardín Wallenstein.

Del otro lado del río, ya en Staré Mesto, podrás conocer el Museo Judío, con su antiguo cementerio de 12.000 lápidas abarrotadas, bellas sinagogas y mágicas leyendas de golems.

En la Plaza Vieja encontrarás el reloj astronómico. Camina por la calle Parizska (París), conocida algo exageradamente como los Campos Elíseos de Praga.

La Plaza Wenceslao es una buena excusa para visitar la singular sordidez de Nové Mesto (“ciudad nueva”).

Praga es un magnífico laberinto. Ya sea persiguiendo las desopilantes esculturas de David Cerny o embriagándote con la mejor cerveza del mundo, la ciudad te ofrecerá una de las experiencias urbanas más íntimas.

Consejo: ¡cuidado con las engañosas casas de cambio! Conviene extraer dinero del cajero automático.

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