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Hablar de Roma es revelar historia y el legado arquitectónico de un imperio que ha dejado grandes huellas, es mezclar hermosas callejuelas y palacetes del Renacimiento con un extraordinario acervo artístico plasmado en monumentos y museos, es descubrir bellísimas iglesias y su centro religioso: el Vaticano. Es pasear por las boutiques de elegantes marcas que se nuclean alrededor de Piazza Spagna, es la idiosincrasia de su gente, sus costumbres, el fútbol, la moda y el cine. Roma es una y muchas ciudades a la vez.

 

El Coliseo: símbolo indiscutido de la ciudad y actualmente una de las nuevas siete maravillas del mundo, el Coliseo comprende el más grandioso anfiteatro de la Roma Antigua, edificado por los emperadores de la dinastía Flavio.

Para su inauguración se celebraron 100 días de juegos para 60.000 espectadores. En la programación había cacerías de fieras por la mañana, ejecuciones de condenados al mediodía y combates de gladiadores por la tarde que tenían lugar en la parte central conocida como la Arena, mientras que debajo se hallaban grandes corredores y dependencias para los tristes protagonistas, ya que los festejos llegaban a durar varios días.

 

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La pared exterior estaba realizada enteramente en travertino y poseía cuatro pisos. Los tres primeros estaban formados por ochenta arcadas cada uno, enmarcadas por pilastras con columnas embestidas, en las cuales se hacían presentes los estilos dóricos en el primer piso, jónico en el segundo y corinto en el tercero. Estas arcadas se destacaban por la presencia de numerosas esculturas que actualmente han desaparecido.

 

En la Edad Media, la poderosa familia de los Frangipane lo transformó en fortaleza. Algunos temblores de la tierra derribaron parte del mármol que lo revestía, que más tarde fue utilizado para otras construcciones. A partir del siglo XV se convirtió en una cantera de bloques travertino, hasta mediados del siglo XVIII, cuando fue ofrendado por el Papa Benedicto XV en honor de los mártires cristianos, hoy reflejado en una gran cruz plantada sobre el palco de Nerón, en medio de las gradas.

Hoy, abatido por los saqueos pontificios mucho más que por el tiempo, el Coliseo es aún impresionante. Vale la pena un paseo de noche para ver esta maravilla enfundada en sus luces amarillas que le aportan un toque mágico.      

 

 

 

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