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Pero es precisamente a ese bendito aislamiento al que hay que agradecerle que la península entera sea un escondite con sabor a paraíso perdido sin comparación posible con otras playas dominicanas. En primer lugar, quizá, porque Samaná no es solo playa. Las tiene, y de infarto, como playa Rincón, que año sí y año también figura en los rankings de las playas más despampanantes del planeta, o cayo Levantado, también conocida como playa Bacardí porque en ella se rodó un anuncio épico que dio la vuelta al mundo y que provocó que más de uno averiguara de qué lugar se trataba porque solo quería ir allí. Pero además, Samaná se eleva en sierras forradas de palmeras por las que adentrarse en caminatas o a caballo, atesora fondos para bucear entre corales y barcos hundidos, o cascadas como Salto Limón, donde la gracia de los niñitos que chapotean en su laguna emocionan casi más que la estricta belleza del lugar.

Sin obviar otros señuelos de primera como las ballenas que en invierno vienen a aparearse a sus aguas, o de escenarios agrestes como el parque nacional de los Haitises en el que navegar entre los manglares y las cavernas que los indios taínos decoraron con petroglifos mucho antes de que llegara Colón. Pero, sin restarle mérito a estos prodigios, el más genuino tesoro de Samaná se esconde en esa sensualidad de rincón pirata que roba el corazón a la primera y que ha hecho que una discreta comunidad de europeos, tras un primer flechazo, rompiera hace ya más de dos décadas con los atascos y la hora de fichar e invirtiera la liquidación en montar un hotelito con el que modestamente ganarse la vida y así no tenerse que marchar.
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Aunque comienza a haber alguno, desde luego no es este, hasta la fecha, territorio de los ‘todo incluido’, y los pocos que han abierto sus puertas en los últimos años se han cuidado muy mucho de no desentonar demasiado con las casitas de colores y los  en la que viven unas gentes de una amabilidad enternecedora. Y eso que en este aspecto la República Dominicana entera tiene el listón bien alto.

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Sigue en Samaná, el secreto Dominicano (III)

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