Sorprendente y majestuosa, la región francesa del Languedoc-Rosellón invita a vivir entre el presente y el pasado en medio de una naturaleza única. La diversidad de paisajes conforma un pequeño país de las maravillas.

Antiguas vías y restos romanes, ruinas cátaras, castillos medievales, fortalezas… O lo que es lo mismo: historia y tradición, realidad y leyenda se entrelazan constantemente en cada lugar de la región de Languedoc-Rosellón, un pequeño paraíso donde todos los espacios sorprenden, enamoran y despiertan la admiración del visitante.

Rodeada de una naturaleza envidiable llena de contrastes, donde las montañas más rotundas conviven con las llanuras más serenas, y la costa rocosa del sur dando lugar a playas largas y tranquilas a medida que se avanza hacia el norte, esta región ha acogido tantas culturas y ha sido escenario de tantos acontecimientos históricos que una ruta por su geografía es más que una visita: constituye un auténtico viaje al pasado.

La ciudad de Narbona es el mejor punto de partida para comenzar este viaje. Capital de provincia en la época romana y fundada en el año 118 a. de C., es la colonia romana más antigua fuera de Italia, pero los monumentos más característicos de la ciudad datan de la Edad Media. En pleno corazón de Narbona y construido sobre las ruinas de la Vía Domitia se alza el palacio de los Arzobispos, con la torre de 40 metros dominando el cielo de la ciudad. La basílica de Saint Paul y la catedral de Saint Just constituyen también visitas imprescindibles de una ciudad llena de historia.

En dirección oeste, la siguiente parada imprescindible es Carcasona. Ciudad situada a la derecha del río Aude y muy cercana a alguno de los castillos cátaros más imponentes, la Ciudadela de Carcasona es única en Europa por su magnitud y belleza. El fabuloso conjunto arquitectónico irradia magia y, mientras se camina entre las calles empedradas, es inevitable imaginar cómo era la vida hace quinientos años, entre torres y bastiones, entre batallas y victorias.

Después de haber disfrutado de una de las ciudades con más encanto de Europa, la ruta retoma el camino hacia el norte donde, rodeada por excepcionales viñedos, se encuentra la ciudad de Béziers, con 2.700 años de historia y presidida por la catedral gótica en la parte alta de la ciudad. Más adelante se llega a Montpellier, la capital de la región, con un patrimonio cultural incomparable. Cultura, ciencia y arte son las protagonistas de una ciudad que gira alrededor de la plaza de la Comedie, que acoge el palacio de la Ópera y en el que las calles estrechas se abren para acoger grandes joyas arquitectónicas como la catedral de Saint Pierre, famosa por su gótico puro.

El viaje al pasado a través de la región del Languedoc-Rosellón pone su punto y final a la bella y discreta Nimes , que ha sabido conservar a la perfección los restos de un pasado romano de excepción: la magnífica Maison Carré, templo romano del siglo V d. de C., el anfiteatro del siglo I d. de C., el mejor conservado del mundo, y el magnífico Puente del Gard, el tramo más prestigioso del acueducto construido alrededor del año 50 d. de C.

Todos los pueblos y ciudades de esta región francesa son destinos de primer orden que explican la historia de un pasado que queda muy lejano pero que, a su vez, se vuelve de lo más cercano. Y todo en una tierra que no puede reducirse a un destino, que combina los elementos clásicos y contemporáneos como ninguna otra, y que invita permanentemente a conocer la historia que hay detrás de cada piedra, puente, castillo o ciudad.