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México es una paleta de infinitos colores. Su idiosincracia inconfundible en el mundo entero conjuga fuertes raíces indígenas con la pujanza de su progreso y modernidad.

En cada rincón del país se esconden singulares bellezas que asombran al viajero más exigente.Una de ellas es Monterrey, la perla del norte que brilla con luz propia y deja su inolvidable impronta en quienes tienen la fortuna de conocerla y admirarla…

Polo industrial por excelencia, la ciudad se erige al pie del Cerro de la Silla (por su similitud con una silla de montar) y su cercanía con Estados Unidos la nutre de una constante corriente transcultural que la hace única.

Un magnífico centro internacional de Convenciones (Cintermex) de construcción vanguardista, contrasta con la clásica arquitectura del palacio de gobierno. El teatro de la ciudad se yergue con su singular silueta y sus parques y plazas albergan modernas obras de arte en combinación con la calma pueblerina de su gente.

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A muy pocos kilómetros de la ciudad merecen una visita dos lugares muy especiales de exquisita y natural belleza: la “Cola de Caballo“, una espléndida cascada que se precipita en un espectáculo indescriptible y las “Grutas de García“, un intrincado complejo en el corazón de la montaña que deslumbra por sus miles de estalactitas y estalagmitas (algunas llegan a unirse en columnas de imponente altura), formadas por las sales minerales que gotean desde la profundidad de las cavernas desde hace siglos.

Monterrey es una visita obligada al norte mexicano, una cita con las tradiciones más arraigadas y la modernidad más contundente. El inconfundible sonido de sus contagiosas melodías con acordeón acompañarán tus pasos por una ciudad inolvidable.

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