samana-r-dominicanaLa última esquina de república Dominicana, un territorio de postal y ambiente bohemio, resuena como un secreto a voces entre los buscadores de tesoros. Alfombras de playas perfectas y plantaciones de palma, la península de Samaná no ha perdido un ápice de esos aires salvajes de cuando la cortejaban los piratas.

En los folletos que promocionan este esquinado paraíso del extremo noreste de la República Dominicana aseguran que la península de Samaná es dueña y señora de la mayor concentración de cocoteros del planeta. Y aunque exactamente de eso mismo presume un buen puñado de destinos esparcidos por otros rincones del mundo, nadie se atrevería a desdecirlos mientras uno se abre paso por sus caminitos de regusto tropical y no da crédito al comprobar cómo los esbeltísimos troncos de palma no dejan de agolparse por arenales y lomas hasta que la carretera, literalmente, se acaba al descollar en la playa perfecta de Las Galeras y, a partir de allí, solo queda mar. La geografía sentencia que se trata del Atlántico y no hay más vueltas que darle, aunque el corazón insiste en que este mar, y la cadencia de la península entera, no podrían ser más caribeños.
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Llegar hasta este último apéndice de la isla La Española nunca fue tarea sencilla. A Colón le costó uno de sus primeros disgustos en el Nuevo Mundo cuando en su segundo viaje a las Indias los cigüayos no dieron precisamente la bienvenida a sus naves y, hasta hoy, una parte de su bahía de postal sigue respondiendo al nombre del golfo de las Flechas. Tampoco los descubridores de hoy lo tenían fácil hasta la apertura, hace año y pico, de su aeropuerto internacional. Hasta entonces, todo el que tuviera entre ceja a y ceja a empaparse de Samaná tenía que vérselas con casi cuatro horas de traqueteos -aunque impagables por sus escenarios de sabor dominicano- por una carreterita abombada por los aguaceros por la que se llega desde el mucho más turístico destino playero de Puerto Plata, o enlazar con alguno de los vuelos que desde otros puntos más desarrollados del país aterrizaban en su viejo y encantador aeropuerto de juguete, poco más que una torre de control alzada al final de una pista acogotada entre los palmerales.

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