La primera vez que ves los acantilados de Moher de cerca entiendes por qué media Irlanda los usa de postal. El viento sube desde el Atlántico con una fuerza que empuja hacia atrás, las gaviotas vuelan más bajo que tú y, si el día está despejado, se distinguen las Islas Aran a lo lejos. No hace falta más que eso para que el viaje ya valga la pena.

Qué ver en Irlanda
Dublín es la puerta de entrada natural y merece dos o tres días por sí sola. El Trinity College guarda el Libro de Kells, la zona de Temple Bar se llena de música en directo a partir de las siete de la tarde y el Guinness Storehouse, aunque es una atracción muy turística, tiene en su última planta el mejor mirador gratis de la ciudad con la pinta incluida en el precio de la entrada.
Si sales de la capital hacia el oeste llegas a Galway, una ciudad universitaria con calles peatonales de colores y un ambiente mucho más relajado que el de Dublín. Desde ahí parten la mayoría de las excursiones a los acantilados de Moher y a la región de Connemara, donde el paisaje cambia a lagos, turberas y montañas bajas que se quedan sin gente casi todo el año.
En el sureste, la ciudad de Waterford presume de ser el asentamiento vikingo más antiguo de Irlanda. Ahí está la Torre Reginald, con más de mil años de historia y considerada la edificación más vieja del país, y el barrio conocido como el Triángulo Vikingo, donde se concentran los museos de la ciudad. A poca distancia se visitan la abadía de Jerpoint, el castillo de Huntington y la catedral de Kilkenny, dedicada a San Canice.
Para quien busca naturaleza sin tanto turista, el Parque Nacional de Glenveagh, en el condado de Donegal, ofrece lagos, bosques y uno de los castillos victorianos mejor conservados de la isla, rodeado de montañas que en otoño se tiñen de un color cobrizo espectacular. Y si el interés va por el lado religioso o histórico, el monasterio de Clonmacnoise, a orillas del río Shannon, es uno de los yacimientos monásticos mejor conservados de Europa, con torres redondas del siglo IX todavía en pie.

Consejos prácticos para organizar el viaje
La mejor época para ir es entre mayo y septiembre, cuando los días son largos (hasta las diez de la noche hay luz) y llueve algo menos, aunque en Irlanda siempre hay que contar con lluvia en cualquier época del año. Llévate una chaqueta impermeable en vez de paraguas, porque el viento en la costa oeste lo va a destrozar en la primera hora.
Moverse sin coche es posible entre las ciudades grandes gracias a los autobuses de Bus Éireann, pero para llegar a los acantilados de Moher, Connemara o Glenveagh lo más cómodo es alquilar un coche, con el volante a la derecha y las carreteras rurales bastante más estrechas de lo que uno espera. Si vienes desde el Reino Unido, esta isla combina muy bien con una escapada a Gales o con una parada en Londres antes o después del vuelo.
El transporte público urbano en Dublín funciona con la tarjeta Leap Card, que se compra en cualquier quiosco y sale bastante más barata que pagar cada billete en efectivo. Y si el presupuesto aprieta, muchas atracciones religiosas y parques nacionales, como Glenveagh o Clonmacnoise, cobran entrada solo por el centro de visitantes, así que se puede pasear el recinto exterior sin coste.
Dónde comer y qué probar
El irish stew, un guiso de cordero con patata y zanahoria, aparece en la carta de casi cualquier pub, y suele ser una apuesta segura y barata para una noche de lluvia. El pescado también merece atención en las zonas costeras, sobre todo el salmón ahumado y las ostras de Galway, que tienen hasta su propio festival cada septiembre. Para cerrar la comida, nada como un té fuerte con un trozo de barmbrack, el bizcocho de frutas típico del país.
Y para la sobremesa, un pub con música en directo es casi obligatorio. No hace falta ir a uno turístico de Temple Bar: en cualquier pueblo pequeño de la costa oeste, entrar una noche de sesión improvisada de violín y bodhrán suele dejar mejor recuerdo que cualquier monumento.
Si Irlanda te ha abierto el gusto por los castillos y la campiña europea, la ruta de los castillos del Loira en Francia es un destino que sigue la misma línea. Y para quien enlaza el viaje con una escala en Londres, tanto el Sanderson Hotel como el Barbican Centre son dos paradas que se salen del circuito turístico habitual de la capital británica.
Preguntas frecuentes sobre viajar a Irlanda
¿Cuántos días hacen falta para conocer Irlanda?
Con siete u ocho días se puede combinar Dublín, la costa oeste (Galway y los acantilados de Moher) y una parada en el sureste. Con dos semanas ya entra Connemara y el norte, incluyendo Donegal.
¿Es cara Irlanda para viajar?
Dublín está entre las capitales más caras de Europa occidental, sobre todo en alojamiento. Fuera de la capital, en pueblos y ciudades medianas como Galway o Waterford, el presupuesto baja de forma notable.
¿Necesito coche para moverme por Irlanda?
Para las ciudades grandes no, hay buenas conexiones de autobús y tren. Para la costa oeste, Connemara o los parques nacionales del norte, un coche de alquiler facilita mucho el itinerario.
¿Cuál es la mejor época para ver los acantilados de Moher?
De mayo a septiembre hay más probabilidad de cielo despejado, aunque incluso con niebla o llovizna el lugar tiene un encanto propio. Ir a primera hora de la mañana evita la mayoría de los autobuses de grupo.
¿Se puede visitar Irlanda del Norte en el mismo viaje?
Sí, la frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte no tiene controles físicos, así que se cruza en coche o autobús sin trámites, aunque cambia la moneda (libra esterlina en el norte).
Imágenes de Pexels







