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Durante el Siglo XX se puso de moda mostrar ladrillos, revestimientos y piedras tal cual son, con sus colores naturales o de terminación.

En la época medieval, en cambio, estaban totalmente pintados. Sería maravilloso poder verlos así. Si tal como están ahora la aquitectura misma es espectacular, verlos de colores debía ser un espectáculo grandioso. El mantenimiento, sin embargo, fué difícil y hoy quedan muy pocos ejemplos.

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Hace pocos años se desató la polémica sobre la conservación y restauración de edificios y esculturas medievales, todo nació a causa de realizarse la limpieza de los muros de la Catedral de Burgos, y sobre cómo se había falseado su apariencia.

Muchos opinan, y parece casi cinematográfica la opinión, que un edificio antiguo debe verse “viejo”, y de ser posible, mohoso y carcomido, gris por las décadas que pesan sobre él, como si el tiempo fuera sinónimo de suciedad… De esta manera limpiar los muros de la catedral parecía casi una blasfemia, ya que muchos consideraban que la pátina producida por el polvo y la suciedad (y porqué no el smog moderno) conferían a la catedral un aspecto señorial, más acorde a la estética de un edificio serio y antiguo.

¿Suciedad es sinónimo de seriedad o de monumento?

Por desgracia la sociedad cultural del SigloXIX, demasiado severa, consideró poco serio seguir restaurando tantos colores que a su ver, ocultaban la maravillosa arquitectura. Y procedieron, entonces, a arrancar de muros y esculturas cualquier mínimo vestigio de color.

Queda como ejemplo, uno de pocos, un capitel en San Payo de Aveleda (Orense) que conserva la variedad cromática del Siglo XII, ciertamente apastelados debidos a la restauración moderna.

No es imposible, sabiendo esto, lograr una visión dual (para eso nos sirve la imaginación) y comenzar a patinar con la mente, de rojo, ocre, rosa, mostaza, celeste, turquesa, amarillo y tonos terrosos: molduras, muros, impostas y arquivoltas, cruceros y columnas.